Ecclesia Digital
Escrito por José Alberto Rugeles Martínez
| jueves, 11 de febrero de 2010 |
Mons. César Augusto Franco Martínez es uno de los tres Obispos auxiliares de Madrid. Conocido por su cercanía, prudencia, inteligencia y capacidad, lleva a sus espaldas treinta y cinco años de sacerdocio y trece de episcopado. Frente a sí, el reto de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, cuya coordinación general tiene a su cargo por disposción del Cardenal Arzobispo D. Antonio María Rouco Varela.
Ninguna Jornada ha quedado sin fruto. ¿Qué esperanzas levanta para la Iglesia que peregrina en Madrid la Jornada Mundial de la juventud?
Ciertamente, todo lo que se hace por Cristo y su Iglesia tiene fruto. Para la Iglesia que peregrina en Madrid, el hecho de tener que movilizar a toda la diócesis es una tarea pastoral de primer orden: hay que motivar, hacer catequesis, llama
r a la corresponsabilidad de todos para que acogen a los peregrinos en las parroquias, comunidades, familias. Se trata, por tanto, de una gran misión que convierta a nuestra iglesia diocesana en una inmensa familia capaz de abrir sus puertas a todos los peregrinos. Por otra parte, la presencia del Santo Padre y de los obispos de todo el mundo, que impartirán las catequesis, es un elemento evangelizador de extraordinaria importancia. Tanto el Papa como los obispos llamarán a los jóvenes a situarse en la primera línea de la evangelización en la juventud y en la sociedad en general. De todas las Jornadas han salido, además, vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y al compromiso seglar en el mundo. Yo resumiría el fruto que esperamos y las esperanzas que tenemos en la Jornada diciendo que la Iglesia de Madrid está llamada a dar lo mejor de sí misma para que cumpla la misión que Cristo le ha confiado en medio de nuestra sociedad: anunciar a Cristo y hacerlo presente entre los hombres.
¿Cómo mover a la juventud española católica no practicante, para participar en la preparación y realización de la Jornada?
Es trabajo de toda la Iglesia mover a quienes viven una fe poco comprometida o apagada. Todos conocemos a esos jóvenes que, por diversas razones, no practican la fe. Debemos acercarnos a ellos, invitarlos a participar y ofrecerles tareas concretas que les ayuden a comprender que la Iglesia es una familia que necesita la ayuda de todos sus miembros. Estas ocasiones extraordinarias son muy idóneas para que los cristianos que no practican descubran que su lugar en la Iglesia no puede ser cubierto por otro, y que lo que ellos no hagan se queda sin hacer. Juan Pablo II decía que un obrero de la viña del Señor no puede estar cruzado de brazos. A veces, los jóvenes que se alejan de la práctica religiosa no lo hacen por motivos especiales, sino por dejadez, pereza, abandono, falta de motivaciones, etc. El trabajo que implica la preparación de la Jornada de la Juventud puede ayudarles a descubrir, junto con otros jóvenes, que la Iglesia se construye con la aportación de cada uno. Pero, insisto, ayudar a descubrir esto es tarea de todos los que formamos la Iglesia: obispos, sacerdotes, catequistas, etc.
En una ocasión V.E. expresó que “si no somos capaces de hablar de nuestra fe y comunicarla con sencillez, es que es una fe inmadura”. ¿Cómo superar esa inmadurez que existe en algunos ambientes?
Crecer en la fe y llegar a la madurez de la vida en Cristo es tarea de toda la vida. San Pablo pedía a sus cristianos que dejaran de ser niños y fueran adultos en Cristo. La madurez cristiana es el resultado de muchos factores: educación y formación en la fe; experiencia de vida eclesial; práctica de los sacramentos; unidad entre la fe y la propia vida. La Iglesia no es sólo el lugar donde nacemos a la vida de fe por el bautismo; es el lugar donde se desarrolla armónicamente la vida cristiana que lleva a cada cristiano a descubrir la vocación y la misión que Dios le tiene preparada. La inmadurez de muchos cristianos, en lo que se refiere a la fe, tiene su origen normalmente en romper los vínculos con la comunidad de la Iglesia. “Un cristiano solo no es un cristiano”, decía Tertuliano. Todos necesitamos vivir como miembros de la Iglesia de forma que crezcamos en la experiencia de pertenecer a Cristo con todo nuestro ser. Si abandonamos la oración, la liturgia, la catequesis, la comunión de vida con el resto de nuestros hermanos y con los pastores, nuestra fe será inmadura y morirá. Lo vemos todos los días. Se ha hablado de apostasía silenciosa de tantos cristianos que, sin romper formalmente con la Iglesia, han dejado de participar en su vida. Creo que uno de los mayores retos que tiene la Iglesia es atraer de nuevo hacía sí a los cristianos que se han alejado de ella.



